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Insuperable

Es muy probable que la historia del empresario Gustavo Cardinale trascienda las fronteras lugareñas. Merece, sin duda, la atención de la prensa nacional. Mucho se habla en estas horas de los sectores más empobrecidos de la sociedad haciendo caso omiso a la cuarentena; pues bien, en la elite del mediopelo local este lunes Cardinale alcanzó la cumbre de la viveza criolla al pretender introducir a la doméstica en su casa violando la cuarentena. El hecho no sucedió en una barriada de los suburbios sino en el primer country que tuvo la ciudad. Y el modus operandi que escogió el empresario expresa sus ideas acerca de la relación entre patrón-empleado y carece, entre otras cuestiones, de creatividad y sutileza: escondió a la mujer en el baúl del auto para atravesar la barrera que separa su mundo del resto de los mortales. Finalmente lo que merecía ocurrió: fue descubierto.

Hasta hoy a la mañana la historiografía de la tradición oral del country "Sierras de Tandil" (también sarcásticamente llamado Gente linda de Tandil) tenía como episodio imbatible la historia del porteño sobrador que viviendo en esta suerte de bucólica burbuja con poca intimidad para colgar la ropa, desafió a un plomero local asegurándole que el lavavajillas de su cocina -que se había averiado- funcionaba sin agua. El hecho tuvo lugar hace nueve años, y terminó con la elegante casona del porteño (casado con una vecina nacida y criada) convertida en las Cataratas del Iguazú. Creíamos en verdad que no iba a ocurrir un episodio que superara tamaño grotesco, pero es ostensible que estamos en la ciudad donde la realidad derrotó a la ficción. Esta mañana el porteño y su lavavajillas debieron ceder el mayor escalón del podio del ridículo, la prepotencia y la miserabilidad a un consorcista nativo del pago chico, el empresario Gustavo Cardinale, quien se hizo acreedor a un papelón mayúsculo y de difícil retorno, más allá de lo que penalmente le corresponda. El hombre, propietario de Markal y aficionado al polo con tendencia profunda a la figuración pública, quiso hacer entrar al country a su doméstica escondida en el baúl del auto, a instancias de un mecanismo básico del lugar: a los propios la seguridad no les revisa el automóvil. Es probable que las nuevas medidas de prevención que desató la pandemia haya inducido a un cambio en el protocolo del country, lo cual dejó a Cardinale in fraganti en la comisión de un delito pero además exponiendo a sus vecinos de barriada y a la propia trabajadora con el contagio del temible virus. Otras versiones aluden a que personal de seguridad del barrio cerrado escuchó ruidos en el baúl del auto de Cardinale, a lo que se sumó una actitud nerviosa del empresario. Sea como fuere la verdad quedó al descubierto cuando se abrió la tapa del baúl y apareció la mucama a quien Cardinale intentaba hacer entrar al country de contrabando, por decirlo así.

Si bien por ahora el empresario no quedó detenido aunque será citado por la Justicia -hay penas de 6 meses a 2 años de prisión para quien viole la normativa propagando la pandemia-, los barrotes de una cárcel más sutil pero no menos dolorosa lo tienen cautivo desde hoy a las diez de la mañana: el repudio de la opinión pública frente a un caso que traduce una suerte de bochorno moral, y que le hace saber a Cardinale, además de la normativa vigente, aquello que parece no haber aprendido del Manual Kapeluz del Alumno Bonaerense: que la Asamblea del año XIII abolió la esclavitud para todos los argentinos, vivan o no vivan en el country "Sierras de Tandil".

Fotografía: gentileza radiotandil.com

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