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De la Rúa, tan lejos de aquel diciembre

Daría la impresión, a pesar del poco paisaje urbano que ofrece la imagen, que en la foto Fernando de la Rúa está cruzando la calle Chacabuco esquina Pinto. Que a sus espaldas tiene el hoy edificio de Anses y que en la construcción imaginaria de esa escena sus pasos terminarán en la Universidad.

En la fotografía De la Rúa aparece con el ímpetu de la juventud. No imagina en ese momento que dentro de, pongámosle, veinte años el final de su carrera política se escribirá de manera trágica. Ahora no. Ahora De la Rúa es joven, camina vestido de sport, alto, espigado, ya seguramente es un consagrado legislador radical. A su derecha aparece otro radical, muy joven, con profusos bigotes y delgado: se llama Carlos Fernández. Es uno de los miembros de la nutrida comitiva.

Como no tenemos más información que esa imagen, podemos inferir que el ex presidente está por entrar a la Universidad. Que allí será recibido como realmente lo merece: quienes conocen la historia saben que además de Zarini, el genio del chispazo fundante, De la Rúa tuvo mucho que ver con el proceso de nacionalización de la Casa de Altos Estudios. De modo que es posible imaginar que esa mañana De la Rúa, a paso firme, relajado, la mano izquierda en el bolsillo del pantalón, marcha hacia el encuentro con las autoridades de la Unicen, tal vez hacia un homenaje. Si es así, el ex rector Juan Carlos Pugliese lo recordará mejor que cualquier lector que esté mirando la imagen hoy, ahora, en este 9 de Julio en que De la Rúa ha muerto y está siendo velado en el Congreso Nacional.

Borges solía decir que la vida de un hombre se compone de miles y miles de momentos y días, pero que esos muchos instantes y esos muchos días pueden ser reducidos a uno: el momento en que un hombre averigua quién es, cuando se ve cara a cara consigo mismo.

Es probable que Fernando de La Rúa haya sentido esa revelación en el aciago diciembre de 2001. Es sólo una conjetura. Tal vez no sea así, como aseguran muchos, habida cuenta de que para ese momento y como brutalmente lo dijo su vocero en aquellos días previos al estallido, el ex presidente "estaba todo tapado". Se refería a sus arterias, a su enfermedad. Se refería, entonces, a su imposibilidad mental de entender lo que pasaba, de medir la realidad y sus contextos, lo cual en parte quedó completamente al desnudo durante su lastimosa aparición pública en el programa de Tinelli.

Sea como fuere, la historia no será benevolente con De la Rúa, por lo menos en lo inmediato. Una crisis terminal, 32 muertos y un país devastado fue el telón que cayó sobre el gobierno de ese hombre que durante los días de campaña electoral, para contrarrestar el relato de su oponente, accedió al error garrafal de sus asesores de marketing al filmar un spot para decir que él no era un tipo aburrido. Principio y fin de la involuntaria construcción de la caricatura grotesca que terminó por fulminarlo en la credibilidad de la opinión pública. Habrá que ver, pues, qué ocurre con la posteridad. Gobernar es un arte tan complejo que a veces ni siquiera la historia y sus amanuenses ideológicos se ponen de acuerdo al mirar los acontecimientos del pasado.

En la foto que acompaña este artículo, De la Rúa está muy lejos del helicóptero que lo perpetuó en la memoria del adiós. Del estado de sitio, del corralito y del corralón. En la imagen es un hombre sobrio, seguro de sí mismo, que camina sin vacilaciones hacia su destino. No hay ninguna señal a la vista de lo que le traerá el futuro. Nadie es portador del oráculo que le susurre al oído las desgracias del porvenir. Porque en aquellos días terribles, con la muerte de 32 argentinos también se murió el exitoso político que había sido senador, jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires y presidente de la Nación Argentina. Lo están velando dieciocho años después que expiró su carrera política. 

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