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Fernández, la fuente y las monedas

Fernández mira la fuente seca e inanimada y no puede creerlo: en el fondo del plato no hay una sola moneda.

Dos hombres acaban de vaciarla y ahora que está desnuda la fuente de la Plaza Independencia parece un juguete que un niño rompió y ya no se puede hacer nada para arreglar el mecanismo. Que hayan vaciado la fuente -verla así, como se pueden ver los hilos del titiritero- es una pesadumbre transitoria. Lo peor es lo que Fernández descubre cuando se asoma a la fuente. No hay una sola moneda a la vista. Como le cuesta creerlo, rodea el plato y la escena es la misma: el piso árido de la fuente parece un desierto. Fernández se acerca a los dos hombres que acaban de hacer su trabajo y les pregunta si no vieron escurrirse alguna moneda junto al agua en retirada. Los tipos lo toman por un mendigo y siguen hablando de sus cosas.

Fernández sabe que era una antiquísima tradición, la cual probablemente deviene de los celtas. Creían que el agua estancada tenía propiedades curativas. Así que primero la gente arrojaba piedras y luego monedas; le pedían a las divinidades que habitaban el fondo de la fuente que se encargaran de reparar los desbarajustes de la salud. Después el deseo se extendió a otras cuestiones. La moneda volaba pidiendo por un amor, un trabajo o sacarse la grande en la lotería.

Fernández tiene un dato que no comparte con los hombres que vaciaron la fuente porque lo tomarían por loco. Se calcula que anualmente la recaudación de todas las monedas que se lanzan en todas las fuentes, pozos o cualquier otro lugar turístico repartidas por todo el planeta puede superar los diez millones de euros. Nadie sabe quién hizo el arqueo contable de todas las fuentes del mundo, pero ese número lo lleva a Fernández a preguntarse qué está pasando en Tandil si la fuente de su plaza mayor -es decir, nuestra Fontana di Trevi-, no ha merecido una sola moneda por parte de las 140 mil almas que viven en el terruño, sin contar a los turistas.

Deseos, lo que se llama deseos, no escasean. Hay deseos para todos los gustos.

Lo que falta es la moneda, dice Fernández, pero sabe que se está mintiendo. El asunto es más complejo. Hay una falta de fe en el deseo. O en la fuente y la moneda. Ya no podemos creer ni siquiera en esa antigua superstición, en esa íntima petición que uno le hacía a las misteriosas deidades. Es una fatal credulidad que nos acompaña como una sombra en fuga.

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