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Rituales

Perla y Hugo me recordaban a mis padres. Todas las veces que pudieron, hasta que el cuerpo aguantó, fueron fieles a la ceremonia del café y la salida compartida. A llevar una vida de a dos. Con la muerte de Perla Calvo se va una mujer que tuvo un rol pionero en su actividad.

En Azafranes es la foto. Podría serlo también en la confitería Figlio. Las dos postales estarían bien. Pero la imagen se la llevó ese lugar que Riki Camgros fundó en una esquina mítica: Centenario (hoy Fuerte Independencia) y Constitución.

Un mediodía de 2009 Perla y Hugo pasaron por allí y se preguntaron qué era ese pequeño comercio que había abierto sus puertas en la casa que durante cuarenta años habitó la familia Reguera. Perla estacionó el coche y entraron a Azafrán. Los atendió el propio Riki, cuando la arrocería estaba dando sus primeros pasos y todos sus recursos humanos se reducían a una pyme familiar.

-Buenos días, joven. ¿Nos puede traer un té? -preguntó cordial, como siempre, Hugo, ignorando que se trataba de un restaurante.

Riki, que le debe a su carisma por lo menos el 50% del éxito de Tierra de Azafranes, respondió que sí, que con todo gusto les serviría un té. Fue el momento fundante de una amistad que se prolongó hasta que Perla y Hugo se fueron a vivir a un hogar en Mar del Plata, ya en el otoño de la existencia.

La foto fue tomada el 13 de marzo 2011. Azafrán, por una cuestión de marca, estaba próximo a convertirse en lo que hoy es: Tierra de Azafranes. En vísperas de la mudanza a la esquina de Avenida Santamarina y San Martín, aquel día la abogada Perla y el historiador Hugo hicieron lo que cada domingo mantendrían como un ritual inalterable: almorzar en aquella arrocería que tan cálidamente los había recibido.

Inseparables hasta el final, Perla Calvo se fue ayer de este mundo dejando una importante marca de género en el Tandil donde le tocó actuar, a partir de mediados del siglo veinte, una ciudad donde los hombres tallaban fuerte en todas las disciplinas. Fue la primera abogada matriculada del Poder Judicial y la primera presidenta de la Asociación de Abogados. Fue la compañera de Hugo y fueron, podría decirse, un mismo ser. En Figlio donde tomaban café y leían el diario y charlaban con amigos. Y en la arrocería Tierra de Azafranes a la que Hugo le dedicó una crónica de época preciosa respecto a cómo era ese lugar en el mundo -la avenida, la esquina y sus alrededores con el Monte de las Romerías incluido- allá por 1919 cuando se construyó esa casona centenaria propiedad de la familia Bellagamba. Para que finalmente ocurriera lo mismo que con decenas de hombres y mujeres habitués del restaurante: Perla y Hugo empezaron como clientes del lugar y terminaron sellando un lazo de fraternal amistad con Riki y Paz, que son el alma y motor del lugar.

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