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El Pirado como problema

La cuestión del Pirado, fuera de broma, empieza a trascender el marco de este humilde sitio web y sus lectores. Quiero decir que las peripecias de nuestro personaje están pasando de la picaresca a un estadio más inquietante y grave, para alcanzar de paso un registro de popularidad inusitada.

La picaresca de la avivada es el registro anecdótico, su marca de identidad por arriba, por la superficie de los hechos. Pero la cuestión es más de fondo, por lo tanto su resolución es incierta y peligrosa. Algunas últimas actitudes del Pirado en cuestión -que nada tienen a ver con el hecho cuasi simpático de pedir el baño de una farmacia para ducharse o garronearse un alfajor- han despertado una lógica inquietud. No será este sitio que contará esos eventos extraños, pero sí vale decir que hace diez años el Pirado tuvo una crisis mental severa, y que en su momento su familia lo contuvo. Ahora, si no hay familia (cosa que no sabemos), deberían existir otras instancias que tomen cartas en el asunto.

En todas las épocas apareció un tipo que un día se desconectó de la realidad y cruzó la línea. En 1957 el escritor polaco Witold Gombrowicz -desde la mesa del Bar Ideal- quedó perplejo con la imagen de un loco que pasaba por Pinto y Rodríguez. Uno de sus discípulos, Mariano Betelú, describió así aquel momento: "En medio de la conversación, que se hacía densa y difícil, se escucha un ruido que viene de la calle. Murmullos. Personas que se mueven. Yo no alcanzo a ver por mi ubicación en la mesa. Una columna me lo impide. Veo sí que la cara de Witold se contrae. El rictus se tensa, los ojos brillan nerviosos. La mano ha quedado detenida como en una foto instantánea, con la pipa atrapada en ella. Vibra todo. Su libreta de notas a un lado. Un hombre de unos cincuenta años, desaliñado, danza, hace gestos, profiere gritos y dice frases incomprensibles. Estamos frente a un ballet de la desorganización de lo humano. La gente lo rodea, le hace corrillos, pero al mismo tiempo lo esquiva como a un leproso. Gombrowicz en silencio sigue con la mirada todos los detalles. Entrecierra los ojos, apoya sus codos sobre la mesa. Deja su pipa. Observa. Después de una larga pausa dice a media voz: '¡Dios mío, qué soledad es la de un loco! Su mirada perdida en algún punto del espacio acompaña la frase".

Como Gombrowicz muchos podríamos inferir la soledad del nuevo Pirado, la cual acentúa su fantasmagoría cuanto más pública y notoria se hace su presencia. Además hay que trazar una línea, como alguna vez ya postulamos, que divide al Loco Lindo del Loco Chapa. Entre los primeros estaban el Chaucha, el Pata Prestifilipo, el Bicho Moro, Culito y Cachafaz mordiendo vidrios en la vía pública. La foto que ilustra este artículo pinta de cuerpo entero al inefable Cachafaz que caminó las calles lugareñas. Los Locos Lindos eran locos de color y su pintoresquismo formaba parte del paisaje. Ostensiblemente, el Pirado de nuestra historia -que viene lanzado en una saga con final abierto- no tiene nada que ver con aquellos personajes estrambóticos del Tandil de los años felices. Pertenece al desborde del Loco Chapa y ni siquiera tiene conciencia de su patología.

Si fuera nada más que por su pulsión a la avivada siempre a su favor, la cuestión tal vez quedaría como una anécdota menor, un episodio para una aguafuerte. Pero hay otros hechos que se vienen dando, otros signos y sobre todo otro pasado que activan los sensores de la alarma. Se corresponde, entonces, control y contención, antes de que sea demasiado tarde. Antes de que Witoldo desde el más allá nos vuelva a recordar la terrible soledad del loco y su demencial derrotero.

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