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La silenciosa felicidad de una vida sin audios

No tengo nada contra el WhatsApp. Al contrario: logró abaratar esa usura insaciable que es la tecnología en manos de las compañías de telefonía móvil. No hablamos gratis, pero así lo creemos hasta que llega el resumen. El problema no es la comunicación (comunicarse no es conversar). El problema, en alguna gente entre la que me incluyo, son los audios.

"Dejé a mi novia el día que me mandó un audio de 6 minutos con 32 segundos", me confió un amigo hace ya un tiempo. El audio de WhatsApp acababa de aparecer y era la novedad de la telefonía celular. La rimbombante frase: "¡Podés mandar audios!" sonaba como el grito que pegó el tipo que estaba en la carabela de Colón cuando avistó tierra. El audio de los celulares había llegado para quedarse, con la impunidad que conlleva el poder de la novedad en la era tecnológica. Pero, ¿por qué su éxito? Simple: siempre fue más fácil hablar que escribir. Cuando uno habla, aunque sea en ese monólogo robótico en que se produce el audio, evita algunas circunstancias incómodas del lenguaje, por ejemplo los errores groseros de ortografía. No hablo de ignorar un acento. La escritura devela y revela. Pero de vuelta: apretar el botón y hablar es más fácil. Y ya se sabe que en esta época lo fácil, garpa. El problema del audio, como la mayoría de las cosas y los sentires en este mundo, es su extensión. Porque el problema siempre es la extensión. Son extensas las horas de trabajo, es extensa la larga maratón del matrimonio, los delicados postoperatorios, los doce pagarés, los laberintos de los trámites, los enconos irreductibles. Una película de dos horas ya es extensa; un libro de 1000 páginas ni hablemos. En la era de lo breve, el audio aparecía en un principio como un atributo hacia lo instantáneo, lo que se hace en un toque como el café.

Pero no. La condición humana siempre se las ingenia para que la maravilla de la tecnología se convierta en martirio. Porque el audio, en muchos casos, devino en la deformación del audio extenso y además -por su propia naturaleza- sonoro. El audio largo ha sido hecho no sólo para que su destinatario lo escuche, sino, esencialmente para que se escuche a sí mismo el que lo está componiendo. El audio largo es una catarsis sin diván. El acto catártico -90% de la estadística- contiene una voz estridente, un timbre rotundo que perfora el oído del que escucha e irrumpe en la sala, sea donde sea. (Otro día cuento el momento vivido en un velorio cuando a un enajenado del celular se le escapó un vibrante audio con las quejas de su amante porque la había dejado plantada una hora en QuéTuPé).

¿Qué dice nuestro amigo Fernández al respecto? Todo audio que supera los 20/30 segundos es pasible de ser bloqueado, asegura en la mesa del bar. Fernández mantuvo hasta hace poco tiempo su Nokia prehistórico. Era de los años donde el celular se había concebido para la conversación. Fernández desliza ahora esta conjetura: no hay nada más insoportable para la sociedad del espectáculo que el silencio.

Este miércoles -tal vez por contagio del eclipse de sol-  millones de celulares entraron en un cono de sombra. En modo silencio de audio. Una felicidad imprevista, un golpe de suerte en medio de la gelidez descarnada del invierno y la nieve que no llega.

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