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La generación que no pudo ser

Observar el escenario político y electoral lugareño revela un punto no menor: hay una generación, la que encuadra a los políticos de entre 50-60 años, que desapareció de la escena. 

En el playón del Palacio Municipal me encuentro con Néstor Auza. Viene rengueando, camina pesadamente. "Me topó un ternero", dice. Y explica el accidente: el animal enojado lo atacó de atrás y le quebró la rodilla. Auza tiene para un rato largo en su recuperación. Apegado a los rituales criollos, el veterinario sabe que siempre puede ocurrir una contingencia de esa naturaleza. El punto son las otras contingencias que ya no le ocurren: en la frontera de los 60  hoy prácticamente es un político jubilado, al menos de las grandes ligas. Hace diez años era el hombre llamado a disputar -y vaya si lo hizo- el poder real con Miguel Lunghi. Dejó jirones en la pelea y hoy, en el más absoluto tiempo vital para un político, ya pareciera que se le pasó el cuarto de hora. Su última experiencia en las urnas, además, lo dejó en un lugar inimaginable: no superó las PASO. Auza era el paradigma de una generación que venía a ser el natural recambio competitivo de Lunghi, sin embargo hoy está muy lejos de esa aspiración, y tal vez ni siquiera la anhele. 

El otro candidato del peronismo que también disputó un mano a mano con Lunghi y perdió fue Marcelo Cifuentes. Orilla los 60 años -la edad con que Lunghi llegó a la intendencia-, pero su oportunidad se fue no tanto en aquella campaña donde sabía que iba a perder y redondeó una actuación digna, sino en el tsunami financiero que atravesó hace ya un par de años por desmanejos privados en su escribanía. El notario hoy está literalmente borrado no sólo de la política sino de la vida social -imprescindible para hacer política-, y en estado de introspección frente a los errores cometidos.

Un tercer hombre de esa generación es el abogado Mauricio D'Alessandro (60). Es cierto que -como me aclaró con perspicacia al momento de consultarle su edad- nunca formuló de plano su intención de llegar a la intendencia, pero dio el primer paso al presentarse en las pasadas elecciones, trampolín clavado para saltar al sillón de Duffau. Perdió contra el gobierno comunal en una elección intermedia, por lo tanto tenía y tiene resto para intentar tomar el legado del pediatra radical. Pero D'Alessandro está sumido en una diletancia existencial, un devenir de lugar, que para la idiosincrasia tandilense resulta fatal: no está ni aquí ni allá, como Facundo Cabral, y lo que puede constituirse como un signo de celebridad mediática nacional -ser un panelista de Intratables e incluso tener acceso a personajes del círculo rojo- en Tandil resulta un contraatributo, le diluye identidad, lo reduce a una figura lábil, propia de la sociedad del espectáculo, y que en definitiva nunca terminó de volver y menos de arraigarse, amén del inefable licuado político que representa su partido Integrar. Respecto a este espacio, tampoco acaba por definir una identidad política y un rumbo en consecuencia. D'Alessandro, cuando apareció, tenía una plusvalía no menor frente a la fatiga de las caras conocidas: la novedad de lo nuevo. Eso ya no existe más y su derrotero incansable en kilómetros pero inconducente en construcción política resulta la forma antítesis de pretender alcanzar la intendencia de la ciudad. Para colmo El Hijo del Dentista hace agua en el sector social que define elecciones en Tandil: la clase media y media alta, paradojalmente su estrato social de origen, el lugar de donde viene y al que hasta ahora no ha podido reconquistar. 

El último en la nómina es Raúl Escudero, quien por otra parte parece ser el único que se mantiene tibiamente activo. Pero el mutualista, por razones diferentes, tiene el mismo techo que D'Alessandro. Se había retirado de la competencia, tal vez regrese con Lavagna, pero en definitiva sabe que su destino configura una paradoja: es el único candidato que tiene una obra para mostrar (algo no menor en Tandil), pero también un límite social imposible de franquear. El renglón que sigue es para el olvidado Mario Bracciale, a quien hace rato se lo tragó el abismo.

Lo cierto es que esa franja dirigencial que resulta el eslabón perdido entre Miguel Lunghi y la sub 45 se ha disuelto en el aire. No está más. Así parece configurarse el escenario electoral en ciernes. Y no es un detalle menor esta ausencia porque esa generación era la natural heredera política, en 2019, aun enfrentando a Lunghi en el otoño de su carrera. Por lo tanto la elección de octubre, PASO mediante, se definirá con un intendente dispuesto a jugar su última bala y parte de la generación 40/50 que tiene al 2023 como su verdadero puerto de llegada: Rogelio Iparraguirre, Facundo Llano, Nico Carrillo y Marcos Nicolini son sus caras más visibles, a los que en le futuro podría sumarse Ezequiel "Boiti" Lester, acaso el peronista con mayor capacidad de entrismo en otros estamentos de la comunidad, si en breve empezara a calentar motores y construir un proyecto de poder.

La generación intermedia, la que naturalmente debiera estar presentando batalla, se ha retirado o la retiraron. Esto ha ocurrido en una ciudad donde a lo largo de la historia se reiteró un dato de la biología, de la sociedad y de la política: a la intendencia se llega a partir de los cincuenta. 

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