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Fernández y los fracasos gastronómicos

Convencido de que si pone un bar lo fundiría en el acto, Fernández llega al bar portando una valija de cartón piedra. La abre y de su interior florecen, espléndidamente olvidados, algunos de los tantos fracasos ocurridos en la vida comercial lugareña.

Fernández dice que él y los parroquianos de la mesa son sobrevivientes de una civilización perdida. Que así como los arqueólogos están buscando restos de la Fortaleza de la Independencia, alguna vez ese trabajo de campo deberá trasladarse a la década del 90. Los 90, dice Fernández, fueron pródigos en aventuras comerciales gastronómicas. Lo distintivo es que algunas de ellas fueron protagonizadas por gente que sabía del rubro. Por ejemplo, Quickly, dice Fernández, y entre los parroquianos de la mesa se dibuja una mueca de confusión. Fernández disfruta de ese vacío mental que se aloja en la mirada de sus amigos. No recuerdan qué cosa fue Quickly ni dónde estuvo ni quién lo inventó. Fernández se relame. A esta altura parece Funes el memorioso, personaje de Borges célebre por ser el portador de todos los recuerdos.

Quickly, evoca, fue un negocio que pretendió emular a las cadenas rápidas con formato McDonald. El tipo que lo ideó gastó una fortuna. Abrió sus puertas en 9 de Julio y Pinto, sobre los restos mortales de la confitería Johny's, de la que no podemos considerar que haya sido un fracaso sino todo lo contrario: un clásico de los 80. Porque el fracaso para serlo necesita de la velocidad de lo efímero. El fracaso (de un bar, un restaurante, un libro, una obra de teatro), dice Fernández, se apoya en su ciclo biológico fulgurante. Nace de la nada, muere en un santiamén. No deja historia, ni mitologías. Los más sonoros son aquellos emprendimientos que no llegan a los seis meses de gracia que por tradición concede la clientela lugareña. Quickly estuvo en ese rango. Y fue un fracaso local, de un tipo que después hizo fortunas y no se caracteriza por ser particularmente desprendido. Ahora bien, dice Fernández y saca de la valija el recorte de un diario. El papel está amarillento. La nota comercial informa de la apertura de una parrilla. Levantada en el corazón de la bóveda del ex Cine Avenida, comunica Fernández. Ante la mención del nombre del cine -cuyo tétrico final fue con proyección de películas pornográficas en la trasnoche-, los parroquianos se sobresaltan. Recuerdan que allí a posteriori hubo un par de boliches y ahora hay un templo evangélico. Sí, acuerda Fernández, pero a mediados de 2000 a unos inversores foráneos oriundos de la city olavarriense, que habían inventado lo que muchos dicen que fue el mejor boliche de Tandil (Ticket) se les ocurrió poner una parrilla. Sí, una parrilla acá, en el reino de El Estribo, El Trébol, la entonces vigente madre de las parrillas La Giralda y Al Ver Verás, contabiliza Fernández. Había que tener audacia y plata dispuesta a tirar al fuego, evalúa, para poner una parrilla en esa época. Para no hablar de la estética. Fernández despliega la página del diario sobre la mesa y los parroquianos observan con un rictus próximo a la arcada el adefesio inolvidable: una gigantesca carreta que había sido colocada a dos metros de altura, sobre la fachada de la parrilla. Que, en efecto, debe haber llevado el nombre de La Carreta. Se precipitaron con dolor piezas dentales varias, fuertes molares y caninos incisivos y dentaduras enteras, para no hablar de las prótesis que quedaron incrustadas en el vacío y el asado de hierro fundido que allí se servía. Degustar era una palabra muy generosa para el lugar, advierte Fernández. Días antes de bajar la persiana, uno de los socios propuso quemar la carreta en el fuego, reciclarla en leña. Otro se acordó que en Tandil  existe el Taca. 

La vida está llena de fracasos porque la derrota enseña, apostrofa Fernández. Es pedagógica la adversidad. Entonces uno de los parroquianos de la mesa, como iluminado por el rayo súbito de la memoria, exhuma a los gritos otro de los fracasos previsibles en materia gastronómica: el restaurante que puso Víctor Laplace. Nadie de los presentes recuerda el nombre de fantasía que urdió el actor al momento de fundar aquel comedero sobre calle Mitre, ubicado enfrente y oblicuo a la Cámara Empresaria. Duró ocho meses. Peor fue el restobar del cantor Raúl Lavié, fresco aún en la memoria.

Fernández, antes de cerrar la valija, retira un último papel. Otro recorte de diario. Un nombre aparece en el título: Lalá. Se lo recuerda como un restaurante con aires de novedad, como por ejemplo que los niños pudieran jugar mientras sus padres comían. Pero dicen que salía más caro el pelotero que la mayonesa de ave, además de exhibir algunos visibles problemas en la cocina. Lo concibió una conocida arquitecta. Cerró sin superar el período de gracia. Zapatero a tus zapatos.

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