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Fernández y un bar sin tele ni celular

Mi amigo Fernández quiere poner un bar. Le digo que no son estas las mejores épocas, que cunde el desánimo y a que a simple vista se observan menos parroquianos en los bares de la ciudad. Pero Fernández está loco: además de querer poner un bar, tiene la idea fija de hacerlo proscribiendo los dos más horrendos artefactos que se inventaron contra el arte de la conversación.

Eso: un bar sin celulares, sin plasma. Ni teléfono ni televisión. Nada. Fernández me mira, como cotejando la reacción de alguien que, humildemente, cree conocer casi todos los bares de Tandil. 

Le digo que se va a fundir. Que en principio tiene el tema de los costos fijos. El alquiler ya es una locura, aunque sea un sucucho en los suburbios. Además hoy el café no es un producto suntuoso, pero le anda cerca. Fernández está loco de verdad. Cree que tiene que volver el Bar Ideal. Le aclaro que el Ideal tenía un teléfono público y un aparato de televisión. Ahí vimos los goles de Kempes en el Mundial 78 y los comunicados de los milicos durante la guerra de Malvinas. Fernández no se priva de la mordacidad: dice que Cheverry tiene tan poca luz que parece una sucursal de Alessi y Manna. Le pido que cambie de tema. Los vecinos enamorados de las esquinas con historia todavía no pueden digerir la muerte de la Tienda La Capital. El duelo por el Ideal ya se hizo y, como dijo don Carlitos Marx, lo que primero ocurre como tragedia luego se repite como farsa.

Pero Fernández piensa que lo novedoso podría imponerse a la tendencia de la época. Antes en los bares se hablaba, me dice. Se conversaba. No sólo el chamuyo de polémica en el bar: el fútbol, la política, las minas. Uno intercambiaba ideas, confidencias, libros leídos. Ni hablar del encuentro con alguna candidata. En fin, dice Fernández, todo eso ahora está muerto. El plasma y los celulares hacen imposible la conversación. La gente grita porque no se escucha. Propone entonces un bar de los de antes: un mostrador, las mesas, las sillas, buena luz por las ventanas y nada más. Lo único que se podría escuchar, además de las voces de los parroquianos, sería la máquina de café. Al entrar, el cliente tiene que dejar su celular en un bolso. Y no hay nada que te distraiga. En el lugar donde ahora te meten el plasma de 3000 pulgadas podés poner un cuadro de Botero, de Dalí y si le querés dar un color local le colgás un óleo de Antonio Rizzo, un pintor de los nuestros.

-¿Y? ¿Cómo la ves? -me pregunta Fernández.

Le digo que suponiendo que el bar funcionara sin móviles ni plasma, un tema más urticante nos espera: ¿de qué hablarían los parroquianos en un país donde el odio fulminó la esperanza?

Pintura: Iain Vellacott, pintor inglés nacido en 1960

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