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El ladrón inexpresivo

Cuesta aceptar -mirando los videos de las cámaras del Centro de Monitoreo- que el hombre sea un ladrón. En el último episodio donde lo registraron presuntamente hurtando la batería de un auto, el personaje parece un mecánico que muy orondo y con todo el tiempo del mundo, llegó hasta un viejo vehículo para sacar del apuro a su dueño.

Todo indica que el casi sexagenario Osvaldo Daniel Navaridas (59) es un ladrón. Su pasado lo condena: en agosto del año pasado fue filmado hurtando las cubiertas completas de un Toyota Corolla en la Terminal de Ómnibus. En aquella oportunidad se desplazaba en el mismo auto -un Renault 12 rojo- que fue grabado por las cámaras de monitoreo, el mismo auto con que una vecina lo descubrió llevándose unos "tutores" del Parque del Origen y el mismo coche que hace horas utilizó para acercarse hasta un automóvil rural y retirarle la batería. Aquella vez del robo en la Terminal la policía allanó el domicilio de Navaridas, en Antártida Argentina 959, y recuperó las cuatro cubiertas completas del Toyota Corolla, entre otros elementos.

A los casi 60 años el hombre alcanza una categoría delictual ciertamente inefable: un ladrón que roba con la más completa y absoluta indiferencia a su entorno, que roba como si en realidad estuviera haciendo otra cosa, como si ese andar cansino, ausente, esa modalidad de atraco inexpresiva y lacónica, fuera la sustancia de su estrategia para el golpe. A tal punto que más de uno podría preguntarse: ¿es Navaridas, en efecto, un ladrón? Todos sus actos conducen a tal dictamen, pero ahí lo tenemos, libre y feliz en su deambular motorizado por los distintos barrios de la ciudad.

Observando el video que hoy publicó el diario el eco https://www.eleco.com.ar/policiales/la-persona-que-robo-neumaticos-en-la-terminal-ahora-sustrajo-una-bateria-a-plena-luz-del-dia/, descubrimos que Navaridas demora la eternidad de 1 minuto con 43 segundos -en pleno día- para hacerse de la batería de una desvencijada rural color verde estacionada sobre calle Montevideo entre Colón y Paz. La actitud del hombre parece contrastar con los principios de elemental cautela que rigen la conducta del ladrón, incluso hasta del más novato: no hay vértigo, no hay urgencia, no hay simulación. Se baja lentamente de su Renault 12, abre el baúl, luego se acerca al otro auto, intenta abrir el capó de la Renault pero no puede; entonces fuerza la puerta del conductor, entra, libera la traba del capó, se deshace de algo que traía en su mano arrojándolo en el baúl de su coche, regresa sin cambiar el paso hasta el capó, lo levanta, se demora un largo instante procurando quitar los cables, vuelve por una herramienta al baúl de su coche, hasta que finalmente logra retirar la batería y se la lleva en su automóvil.

La información agrega que tras el hecho descripto una mujer, la dueña del auto, al percatarse del faltante, radicó la denuncia en la Comisaría Segunda. Y que sería inminente el dictado de una orden de allanamiento para dar con Navaridas y recuperar la batería en cuestión.

Si no hubiera de fondo otra historia que ignoramos -es decir otra historia detrás del minuto y medio que expone el video- estaríamos ciertamente en presencia del caso de un delincuente portando un amateurismo extraño: un tipo monótono que va por la vida como un pedazo de atmósfera (citando a Federico Peralta Ramos), ingrávido, sin que nada lo alcance ni lo toque, por empezar la justicia. Un hombre que actúa solo, sin apuro, impune, que despoja desarmado, a cara descubierta, como si todo él fuera la ajenidad en sí misma, alguien que roba sin elocuencia y sin culpa, y que elige un botín fierrero: cuatro neumáticos, la batería de un coche venido abajo, pero también, botánicamente, los tutores de dos árboles del Paseo del Origen ante la mirada atónita de una vecina que lo escracha y de los dinosaurios de mampostería...

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