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A cincuenta años de la Facultad que nació en un bar

En 1968 a dos jóvenes que estaban tomando una Fanta en el bar Flamingo se les ocurrió una idea inesperada: plantearle al doctor Osvaldo Zarini la creación de una Facultad, cuando la Universidad todavía estaba en pañales. Un año después nacía prácticamente de la nada misma la Facultad de Ciencias Veterinarias de Tandil.

Flamingo era, tal como lo recordarán los memoriosos, un bar que estaba ubicado en la Galería Italia. Era un boliche que confrontaba, por antítesis en el target de sus parroquianos, con la aristocrática Moritat. En una mesa de ese bar los jóvenes Guillermo Álvarez Reyna y Gustavo Carreras concibieron una iniciativa algo desmesurada para la época, una de esas ideas que generalmente suelen quedar en eso: en la efímera existencia de una charla de café. Fundar una Facultad no parece una cuestión de todos los días y menos lo era en aquel Tandil del 58 donde ya Osvaldo Zarini, como una suerte de Cid Campeador dotado de una formidable capacidad de convencimiento, había concebido el proyecto de la Universidad y había impreso un bono contribución que repartía puerta a puerta por las casas de los vecinos.

Fue entonces Zarini quien recibió, horas después de la charla en Flamingo, a Carreras y Álvarez Reyna. La idea era poderosa por varias razones, entre ellas las 500 mil hectáreas de la próspera tierra tandileña, en una ciudad que tenía en la producción agrícola-ganadera y la industria sus motores de desarrollo. ¿Qué hizo Zarini entonces? Les dijo a los promotores de la idea que salieran a contarla por distintas instituciones de la ciudad, y que procuraran sumar la mayor cantidad de avales mientras él iniciaba las gestiones. Así, en 1969 -hace exactamente 50 años- nacía la Facultad de Ciencias Veterinarias.

Su historia es la trama de una carencia completa de infraestructura pero también de la generosa confluencia comunitaria. Sin casa propia, sin recursos y hasta sin profesores, aquella quijotada nacida en un bar se fue corporizando de una forma itinerante y a pulmón: en 1969 la primera clase de Anatomía Veterinaria se dictó en el Salón Blanco del Automóvil Club. En el Auditórium del Círculo Médico se dio la clase inaugural de Histología. El Palace Hotel -su Jardín de Invierno- fue el ámbito para algunas clases teóricas. La sala de calderas que tenía el hotel -que estaba ubicada en el subsuelo- sirvió de insospechado recinto para que las primeras promociones de estudiantes hicieran sus prácticas de anatomía. En los laboratorios del Colegio San José se dieron las clases de Física y Química. Algunas prácticas se hacían en un galpón de la chacra del Matadero Viejo a donde los alumnos llegaban de a pie, si es que alguna chata solidaria no los levantaba en la ruta, pues por entonces no había colectivos que fueran hasta el lugar ("Llegué a ir a la chacra sentada sobre una pala mecánica", me contó la médica veterinaria Lidia Gogorza). Algo más o menos parecido ocurrió durante el primer año que la Facultad se mudó al naciente Campus Universitario, que por entonces en la idiosincrasia mental de los vecinos y los estudiantes quedaba muchísimo más lejos que ahora. Tal vez la tarea más ardua fue componer el plantel de profesores, todos ellos foráneos y con sueldos magros.

Hay un matiz de épica en aquellos orígenes laboriosos que finalmente terminaron construyendo un clásico por la poderosa fuerza de la identidad. Veterinarias, desde el pub Hunter (un ícono nocturnal de los estudiantes de la carrera), del mito invencible de las Olimpíadas, hasta la aparición de figuras con peso propio que hacia dentro y hacia afuera de la Facultad corrieron el eje científico y político de la historia -el Dr. Carlos Lanusse y Néstor Auza, por citar sólo dos nombres emblemáticos de la Casa de Altos Estudios-, supo hacerse a sí misma en la génesis y hasta su cincuentenario. El patrimonio de la pertenencia y el haber llegado académicamente mucho más lejos que aquel sueño soñado con los ojos abiertos en un bar del Tandil de los años felices, fue seguramente la razón del festejo que en la víspera, ante un marco de trescientas personas, celebró la familia de la Facultad de Ciencias Veterinarias en la Biblioteca del Campus Universitario. No parece impropio imaginar que desde el fulgor de su estrella memorable, ayer Zarini también levantó la copa del alma para celebrar el histórico acontecimiento.

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