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Evita no baja del tren

El 18 de febrero de 1946 Juan Perón, de campaña hacia las elecciones, llega a Tandil. Lo acompaña Evita pero no hay registros fotográficos de su visita: mientras Perón desanda la Avenida Colón y luego habla en un palco instalado en el veredón del Banco Comercial, ella lo espera en la estación del ferrocarril, en el mismo vagón del tren que la llevará de vuelta a Buenos Aires.

¿Por qué Evita no baja del tren? El día es apacible, aunque el calor típico de febrero se abate sobre el empedrado. Los diarios aluden a la llegada de ese hombre que ha empezado a torcer el eje de la historia. Apenas Perón toca el andén ve que la estación está abarrotada de gente. Lo espera Juan Adolfo Figueroa, un estanciero con ínfulas de caudillo que ha saltado bruscamente del radicalismo al peronismo. Figueroa es el Cobos de Kirchner. Para impresionar a Perón ha ido a recibirlo en su carruaje y con trescientos paisanos de a caballo. También lo recibe el comisionado Carbone, que además de comisionado está al frente de la Subdelegación de Trabajo.

Mientras Evita permanece en el tren la fórmula Perón-Quijano recorre la Avenida Colón hasta España, para luego tomar por calle Alem e ir sumando en el recorrido a los partidarios de esa primera hora. Durante la marcha los comerciantes bajan las persianas de sus negocios. Esa reacción tiene dos lecturas: en algunos casos lo hacen para permitirle a sus empleados dirigirse a Pinto y Rodríguez donde serán partícipes de esa jornada histórica; en otros, el cierre de los comercios con los empleados en su interior significa que la patronal le impide a los trabajadores ir a escuchar al líder, a quien ya comienzan a considerar peligroso por su interés y atención prestados a las reivindicaciones laborales.

¿Qué hace, en tanto, Eva en el vagón del tren? ¿Lee? ¿Recibe alguna delegación de mujeres peronistas? ¿Duerme? Ni las crónicas de la época ni los historiadores refieren a su figura ni mucho menos a los detalles de la espera. Evita no lo sabe pero a cincuenta metros de la estación del ferrocarril, al otro lado de la Avenida Del Valle, está la Usina Popular y Municipal. Allí, un hombre que será presidente de la Usina durante algo más de veinte años, espera su momento. Nueve años después de esa mañana de febrero, arrastrará el busto de Eva por las calles del pueblo. El hecho se inscribe dentro de la llamada Revolución Libertadora. Pero en esos nueve años que median desde la espera en el tren a su busto profanado, María Eva Duarte de Perón se convertirá en Evita. La mañana que llega a Tandil tiene 27 años y aún le falta escribir un texto fundamental. No es, claro está, La razón de mi vida, ese engendro que ella nunca escribió (lo hizo un español, por iniciativa de Perón). El texto que escribirá a metros de la tumba, en 1952, se llamará Mi mensaje, y es un texto político crudo, desolador, jacobino y terrible, y también funciona como su testamento político. Allí da cuenta de eso que le reprochaban las señoras de la alta sociedad que la odiaban, porque no toleraban haber dejado de ser las únicas que podían usar tapados de piel Christian Dior y carísimas joyas: "Yo llegué muy alto porque nadie fue capaz de seguir la farsa como la seguí yo. Ahora que seguí la farsa conozco mejor que nunca todas las verdades y todas las mentiras de este mundo".

Esperando a Perón en el tren, Evita ignora los avatares de su destino trágico. Aquel 18 de febrero de 1946 hace apenas un año que se ha casado con Perón, aunque ya han empezado a odiarla los militares y los curas, partícipes de esa corporación que ella desprecia y alude como la oligarquía. Mientras aguarda que Perón le hable a sus negritos, a sus grasitas, a sus descamisados, sólo podemos imaginarla a Evita en el tren, conferirle a la ficción lo que la realidad nos escamoteó del día en que esa mujer -para nombrarla con el título del monumental cuento de Rodolfo Walsh- visitó Tandil.

Hoy, en el centenario de su natalicio, para muchos Evita sigue siendo más peronista que el propio Perón. Pinélides Fusco, el llamado fotógrafo de Perón, la retrató en su hora más dramática, cuando lloró sobre el hombro de Perón consumida por el cáncer en el balcón de la casa de gobierno, y en sus días más felices, una de las pocas veces que se dejó ver con el pelo suelto, tan joven que parecía no tener pasado. En sus dos versiones, en su drama y en su vitalidad, en su agonía y en su rebeldía torrencial, todavía resuena una frase que Evita escribió cuando ya sentía en su nuca el hocico frío de la muerte. Tenía apenas 33 años y la podemos leer como un credo moral: "Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle". Una hermosa frase escrita con el último aliento.

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