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Las aventuras de "El Chorizo Colorado"

Nadie ha podido olvidarlo. Ni al Teatrillo ni a las innumerables anécdotas que acompañaron el estreno y la despedida de El Chorizo Colorado. La sala tenía 70 butacas y una mística ateniense. Establecida en el subsuelo de la Biblioteca Rivadavia, la energía cósmica de El Teatrillo daba la bienvenida al espectador a través de una puerta de dos hojas. Luego por de la escalera se llegaba a la sala y el escenario. A la derecha había una mampara con una puerta por la cual se ingresaba a los camarines. Según Carlitos Miguens, productor de El Chorizo Colorado, la puerta tenía un orificio hecho con un taladro que permitía ver al público que ingresaba y controlar la taquilla. Su escenario fue testigo de innumerables peripecias. El teatro lugareño registra en su tradición un suceso inefable que ocurrió en los 80 durante una función de la obra El Chorizo Colorado, el grupo de humor local que tenía a los Lester y el recordado Piero Montaruli como pilares del elenco. Aquel día una enfermera de Villa Italia decidió disfrutar de su franco acercándose al teatro. La obra transcurría por los carriles normales y el Colorado Julio Lester estaba en pleno monólogo (desempeñaba el rol narrativo de un árbol de la Plaza Independencia que contaba algunas historias desopilantes) cuando sintió los pasos de un espectador tardío bajando por la escalera destinada al público. 

El Colorado entrecerró los párpados para no desconcentrarse pero fue imposible: el aparecido se le plantó a dos metros del escenario y empezó a dibujar con las manos un gesto ampuloso que contrarió al actor y sacó de clima al público. El tipo, insólitamente, le pedía un minuto con el índice de la mano hacia arriba. Lester debió interrumpir el monólogo. 

-¿Qué le pasa, hombre? -preguntó malhumorado.

-Tengo que ponerme una inyección -fue la respuesta completamente fuera de contexto del aparecido.

-¿Y por qué no te la hacés poner en el Dispensario? -gruñó el Colorado. 

El otro, que jamás en su vida había pisado un teatro, soltó la réplica que motivaría la gruesa carcajada del público.

-Porque la enfermera que me pone la pichicata está acá dentro, boludo. 

Entonces el actor miró al público y vio que una señora se movía en mitad de sala. 

-¿Usted es la enfermera? -le preguntó el Colorado. 

La mujer dijo que sí pero se había arrojado debajo de las butacas y no se decidía a reincorporarse. Lester le pidió que se apurara pero la mujer, a los gritos, le explicó lo que estaba sucediendo.

-Ya me estoy yendo, señor actor, lo que pasa es que me saqué el zapato cuando empezó la obra y ahora no puedo encontrarlo -remató.

Debieron prender las luces hasta que un espectador encontró el zapato en la otra punta de la sala, y nunca se supo qué fue lo más divertido de esa función: si los chistes de los actores o el tremendo gag que consumó el aparecido de la inyección, la enfermera en patas y el zapato que se las tomó. Para rematarla sobre el filo de la función se cortó la luz. El director, Francisco Lester, apareció con una vela en medio del escenario y pidió al público un poco de paciencia frente al imprevisto lumínico. Todo el mundo creyó que era un gag que estaba preparado de antemano y así el amigo Frank se robó la más grande ovación de la noche.

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